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Hospital Artemides Zatti, marzo de 1991. Allí me encontraba, en el Servicio de Cirugía en el horario de 06 a 14 hrs. 

Prefería llegar temprano que sobre la hora , porque todos los días había cirugías programadas , más las urgencias o alguna situación ocasional que ocurriera en algún Servicio de Internación. 

Tipo 05:45, ya había ingresado al quirófano.

Más que puntual, pero además, porque el colectivo me dejaba en la garita del Hospital a las 5.30 y si tomaba el siguiente llegaba tarde. Imposible hacerlo. Era Personal de reciente ingreso y contratada .

Ese día al ingresar leo la pizarra y estaban en orden las cirugías programadas.

Primeramente se realizó una cirugía oftalmológica, de Facosclerosis

(más conocida como cataratas) a una persona adulta mayor y luego se le coloco una lente intraocular.

Una práctica quirúrgica bajo lámparas de gran aumento y llevada a cabo con total normalidad. Yo asistiendo, cuidando de la paciente y  acompañándola para su egreso hasta la puerta donde era recibida y trasladada en camilla por el personal de sala. 

Una cirugía que duró aproximadame una hora.

Ahora venía lo que realmente me preocupaba e intrigaba y era la ablación de órganos. 

Ingresaria desde Terapia Intensiva, un adulto joven que se encontraba en estado    de extrema gravedad, con muerte cerebral y había donado sus órganos. 

Se lo recibe y prepara para la inmediata intervención. 

En breve arribaría el Personal del Incucai ( Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implantes) quienes eran los encargados de supervisar y coordinar la cirugía.

Avisan por interno, la llegada  de avión y que ya están en camino al Hospital. 

Era todo muy preciso. Los minutos estarían contados. 

El Equipo Médico tenía al paciente en condiciones preoperatorias, solo se esperaba que ingrese el otro Equipo que venía de Buenos Aires.

Llegaron, entregaron la conservadora, se vistieron e ingresaron. Se los asiste para el lavado de manos, antisepsia, colocación 

de equipo especial y por último la colocación de los guantes, barbijo y gafas.

Proceden a operar. 

Todo monitoreado, los movimientos eran muy minuciosos, todo muy frío y estructurado.

Sonidos de sensores, olores propios del electrobisturí que realiza la incisión, cauteriza, quema, y del equipo de aspiración que va succionando todo tipo de líquidos propios de una operación.

Yo atenta a todo y observando cada detalle. 

Asistiendo en todo lo que me pedían. 

Mil cosas pasaban por mi mente. Veía como ese paciente tenía signos vitales y a la vez, se le iba a extirpar su corazón.

Entendía que así era el protocolo y en ese acto irreversible de esa vida, alguien estaba esperando ese órgano para vivir. 

La sensación de que era el  fin y la continuidad. Era oscuridad y luz a la vez.

Terminó la ablación, más de 2 horas de actividad, y de inmediato se colocó ese órgano en el contenedor/ conservadora.

Soluciones frías, hielo, varias  compresas de nylon y control de temperatura para el transporte.  

En cuestión de minutos se fueron. Todo quedó en silencio.

La cirugía continuaba y venía la parte de las suturas, cierre definitivo y  acondicionamiento del cuerpo del paciente. 

Finalizado el acto, a pesar de lo que significaba el procedimiento realizado, era tristisimo. 

Realizo los cuidados post mortem y procedo a entregar al paciente a quienes venían a retíralo.

Me quedaba el consuelo de que en este tremendo acto altruista, de amor al prójimo, voluntario y solidario, nacía otra vida.

Seguramente otra persona, quien sabe dónde,  estaría también en una camilla de algún quirófano, listo para recibir ese órgano noble que le devolvería la esperanza y sus sueños ! 

Autor: MABEL POBLETTE - LIC. EN ENFERMERIA