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¿Estamos realmente frente a una transición energética… o estamos viendo cómo cambia el equilibrio de poder en el mundo?

El informe Energy Technology Perspectives 2026 de la Agencia Internacional de Energía (IEA) parte de una premisa clara: la energía ya no es solo un tema técnico. Es, al mismo tiempo, una cuestión económica, política y estratégica. En pocas palabras, entender hacia dónde va la energía hoy es también entender hacia dónde va el mundo.

Desde el comienzo, el documento muestra que estamos entrando en lo que denomina la “Edad de la Electricidad”. No es solo un concepto atractivo: es una realidad donde tecnologías como los autos eléctricos, los paneles solares o las baterías ya forman un mercado de enorme escala, cercano al billón de dólares, y con perspectivas de crecimiento muy acelerado. Sin embargo, ese crecimiento no es automático ni lineal. Depende, y mucho, de decisiones políticas, de la estabilidad económica y de cómo evolucionan las relaciones entre países.

Uno de los puntos más interesantes del informe es que conviven dos fuerzas que parecen opuestas. Por un lado, hay una expansión muy clara de las tecnologías limpias. En la última década crecieron a un ritmo cercano al 20% anual y todo indica que seguirán creciendo con fuerza en los próximos años. Pero, al mismo tiempo, ese crecimiento ocurre en un contexto lleno de incertidumbre: cambios en regulaciones, tensiones comerciales y dudas sobre qué tecnologías realmente se van a consolidar.

En este escenario aparecen tres tendencias que ayudan a entender mejor qué está pasando. La primera es la electrificación. Cada vez más actividades —desde el transporte hasta la industria— se están moviendo hacia la electricidad. Esto no es casual: muchas tecnologías ya son más baratas o competitivas que las alternativas tradicionales. La caída de costos, especialmente en energías renovables y baterías, cambió completamente las reglas del juego. Hoy, en muchos casos, lo limpio ya no es solo una elección ambiental, sino también económica.

La segunda tendencia es que no todas las tecnologías avanzan al mismo ritmo. Algunas, como la energía solar o los autos eléctricos, ya están bastante consolidadas y creciendo rápido. Otras, como el hidrógeno o la captura de carbono, todavía están en etapas más tempranas y necesitan mucho apoyo para despegar. Esto genera una especie de “transición desigual”, donde parte del futuro energético ya está en marcha, pero otra parte todavía es incierta.

La tercera tendencia, que es probablemente una de las más importantes, tiene que ver con las cadenas de suministro. Hoy, gran parte de la producción de tecnologías clave está concentrada en pocos países, especialmente en China, que domina una porción muy significativa de la manufactura global. Esto genera eficiencia, pero también dependencia. Y ahí aparece una preocupación central: ¿qué pasa si esa cadena se interrumpe?

Frente a este escenario, muchos países están reaccionando. Están impulsando políticas industriales, aplicando aranceles o incentivando la producción local. Es una especie de vuelta del Estado como actor clave en la economía. Pero esto también tiene sus tensiones: proteger industrias locales puede aumentar costos y afectar la competitividad. Entonces, aparece un dilema muy actual: cómo equilibrar seguridad económica con eficiencia.

Otro punto que el informe deja entrever (y que no siempre se menciona) es que este crecimiento no siempre viene acompañado de rentabilidad. En sectores como el solar, la competencia es tan fuerte que muchas empresas operan con márgenes muy bajos o incluso negativos. Es una paradoja interesante: un mercado que crece mucho, pero donde ganar dinero no es tan sencillo. Y eso plantea preguntas sobre cómo se va a financiar la innovación en el futuro.

En el fondo, lo que muestra el informe es que la transición energética no es solo una cuestión de cambiar tecnologías. Es un proceso mucho más profundo, donde se están redefiniendo ventajas competitivas, relaciones comerciales y hasta estrategias geopolíticas. Algunos países van a liderar ciertos segmentos, otros van a depender más de alianzas, y todos van a tener que tomar decisiones estratégicas sobre dónde posicionarse.

La idea de fondo es bastante clara: ningún país puede hacer todo solo. La cooperación internacional sigue siendo clave, no como una cuestión idealista, sino como una necesidad práctica para reducir costos, diversificar riesgos y sostener el crecimiento.

En definitiva, no se describe un camino simple ni ordenado. Es un proceso dinámico, con avances, retrocesos y tensiones. Una transición que ya empezó, pero cuyo resultado final todavía está abierto.

Entonces, la pregunta que queda es: esta transformación energética, ¿va a construir un sistema más equilibrado y sostenible… o va a abrir una nueva competencia global por el liderazgo tecnológico?

Autor: Ing. Guillermo F. Devereux

Fuente: INFO ENERGIA