Violencia en las escuelas: advierten que los chicos están muy "conectados", pero cada vez más solos
La escuela dejó de ser, por estas horas, ese lugar que muchas familias daban por seguro y previsible. Las amenazas que circularon en baños, redes y grupos de mensajería alteraron la rutina, empujaron conversaciones urgentes en las casas y expusieron un miedo que ya no puede resolverse con frases tranquilizadoras. Sobre ese punto habló la psicóloga Vanina Botta en #LA17, donde planteó que el problema obliga a mirar más allá de la anécdota viral y a revisar qué está pasando con los adolescentes y con los adultos que deberían acompañarlos.
Botta sostuvo que la pregunta más incómoda no pasa solamente por el contenido de las amenazas, sino por el tipo de pertenencia que algunos chicos encuentran hoy en los entornos digitales. En ese tramo dejó una de las definiciones más fuertes de la entrevista: “la pregunta más triste es por qué un adolescente se siente incluido y se siente parte y encuentra su lugar de pertenencia en grupos de violencia en las redes”. Desde su mirada, ese interrogante no admite respuestas simples ni diagnósticos perezosos, porque el fenómeno combina algoritmos, exclusión, soledad, violencia naturalizada y una sociedad que perdió capacidad para leer ciertos signos a tiempo.
La especialista advirtió, además, que el análisis no puede quedar reducido a una sola causa ni a la búsqueda rápida de culpables. Por eso rechazó la idea de cargar todo sobre las redes, sobre el bullying o sobre una variable aislada, y propuso mirar el cuadro completo de una sociedad que, según dijo, “naturaliza la violencia” y “legitima la exclusión social”. En ese esquema, los algoritmos ocupan un lugar especialmente delicado, porque empujan a los chicos a consumir cada vez más contenidos parecidos entre sí, muchas veces falsos, y profundizan así problemas que ya venían incubándose.
En la entrevista también introdujo una precisión importante para no leer el fenómeno de manera lineal. Botta señaló que “no todas las amenazas implican una intención real de hacer eso”, y explicó que muchas veces aparecen como expresiones de malestar o como intentos de obtener visibilidad y hacerse virales. Aun así, remarcó que esa aclaración no habilita a restarles importancia, porque entre esas conductas imitativas o exageradas puede aparecer alguna situación concreta que sí implique un riesgo real, razón por la cual insistió en que hay que “tomar en serio estas amenazas” y actuar en consecuencia.
La psicóloga también corrió el foco de la escuela como único espacio de contención posible y pidió mirar la responsabilidad adulta en un sentido más amplio. Dijo que “la escuela no puede contener sola todo esto que la sociedad produce”, porque el deterioro que atraviesa a chicos y adolescentes es más profundo y sistémico, ligado a crisis económicas, educativas y a un clima social que normaliza la agresividad desde arriba hacia abajo. Desde esa perspectiva, el problema de las amenazas no nace adentro de un aula ni se resuelve solamente con protocolos escolares, sino que expresa un desorden más general que atraviesa a familias, instituciones y vínculos sociales.
En esa línea, Botta introdujo una explicación sobre el desarrollo adolescente que ayuda a entender por qué el acompañamiento adulto sigue siendo central aunque los chicos parezcan manejarse con naturalidad en el mundo digital. Recordó que la corteza prefrontal, encargada de inhibir impulsos, planificar y pensar decisiones a largo plazo, todavía está en desarrollo en esa etapa de la vida. Por eso fue muy gráfica al afirmar que “los adultos debemos hacer de corteza prefrontal de los pibes hasta que ellos puedan solos”, una idea que desplaza la crianza del control rígido hacia una presencia atenta, lúcida y disponible.
Esa necesidad de acompañamiento aparece todavía con más claridad cuando la especialista enumera las señales que, muchas veces, los adultos no alcanzan a registrar o prefieren minimizar. Habló de aislamiento, cambios en el estado de ánimo, lenguaje violento, naturalización de la violencia, pérdida de empatía, autolesiones, intentos de suicidio, ira, consumo de sustancias y otras manifestaciones que suelen emerger antes de que aparezcan episodios más visibles. Su advertencia fue directa: “la protección de los niños, niñas y adolescentes es responsabilidad de los adultos de la sociedad”, una frase que devuelve el problema al lugar donde, según ella, nunca debió dejar de estar.
Botta también sumó un dato que amplía el marco de esta discusión y ayuda a comprender por qué el malestar adolescente no puede leerse como un fenómeno marginal. Mencionó que, según UNICEF, en la Argentina “el 70% de los adolescentes ha sufrido algún tipo de discriminación o bullying”, y vinculó esa cifra con buena parte de las conductas que hoy aparecen en las escuelas y en las redes. El señalamiento refuerza una idea que atraviesa toda la entrevista: las amenazas no surgen en el vacío, sino dentro de trayectorias muchas veces marcadas por exclusión, humillación o invisibilidad.
A la hora de pensar cómo acompañar a quienes igual fueron a la escuela, Botta pidió validar el miedo en lugar de negarlo o licuarlo con frases hechas. Dijo que los adolescentes “pueden tener miedo y es importante validarlo y escucharlo”, porque lo que está ocurriendo “no está dentro de la normalidad” y porque, cuando la escuela aparece escrita como posible escenario de violencia, deja de funcionar automáticamente como lugar seguro. Esa validación, según sostuvo, debe empezar en la familia, donde muchas veces lo primero que se hace es invalidar lo que sienten los chicos con expresiones como “ya se le va a pasar” o “es una etapa”.
Sobre el final, la psicóloga dejó otra imagen potente para describir la soledad con la que muchos adolescentes navegan hoy el mundo digital. Señaló que están “hiperconectados, pero se sienten muy solos”, y comparó esa exposición con la escena de un chico de 9 o 10 años entrando solo a un boliche nocturno lleno de desconocidos, adultos desinhibidos y posibles daños. Con esa metáfora buscó mostrar que muchas familias todavía subestiman el riesgo de un universo virtual que parece doméstico porque ocurre dentro de la casa, pero que en realidad exige una presencia adulta mucho más consciente, más sensible y menos inclinada a invalidar lo que a los pibes les pasa.
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